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domingo, 19 de agosto de 2012

LA HISTORIA QUE HIZO REALIDAD UNA LEYENDA

El 15 de abril de este año se conmemoraban los 100 años del hundimiento del trasatlántico más grande de la historia construido hasta 1912 y que en su viaje inaugural se convirtió en leyenda, tras chocar contra un iceberg y sumergirse al fondo del Océano Atlántico llevándose consigo cientos de víctimas.
También el Atlántico Sur en fechas más actuales, casi se cobraba otras víctimas más.
La tecnología actual presume de haber conquistado los mares o, al menos, su superficie. Grandes catástrofes, como la casi centenaria del Titanic, sirvieron para mejorar la técnica naval hasta límites antes no imaginados. Hoy surcan los océanos monstruosas naves capaces transportar miles de contenedores, inmensos petroleros y cargueros de todo tipo, portaaviones majestuosos con propulsión nuclear… ¡el océano ha sido conquistado! Cierto es que sigue habiendo accidentes y, de vez en cuando, alguna catástrofe, pero para los grandes navíos del mundo ya no hay miedo a adentrarse en lo profundo del océano. Los antiguos monstruos marinos ya no decoran los mapas y los viejos mitos acerca de remolinos infernales y olas inmensas como montañas también han sido olvidados. ¿O no es así?

No se creyó que fueran reales. Durante siglos muchos marineros afirmaron haber escuchado relatos, o incluso haber sobrevivido de milagro, al encuentro con olas inmensas surgidas repentinamente en medio del océano sin que nada hubiera hecho sospechar que las aguas podrían enfuecer. No se trataba de tsunamis, que son “inofensivos” en alta mar. Tampoco eran olas provocadas por tormentas o fuertes vientos pero, según se decía, si la suerte no te acompañaba, podrías encontrar tu nave frente a un muro de agua con decenas de metros de altura avanzando hacia ti sin aviso, una furia incontenible surgida del mar en calma. Ningún barco podía superar aquello. Se trataba de los verdaderos monstruos del mar pero, como cualquier monstruo, no existían. Eso se pensaba hasta que la realidad demostró que el océano guarda muchas más sorpresas de las que cabía imaginar.
Con el tiempo fueron acumulándose todo tipo de historias sobre barcos que desaparecían en los mares sin causa aparente, se imaginaron terribles triángulos de la muerte donde alienígenas con mala intención decidían enviar todo tipo de naves a los abismos marinos. Imaginación no faltaba y, en esa misma categoría fantástica, se incluían las olas gigantes. Se trataba de muros de agua de un tamaño increíble pero, a pesar de los registros, al no haber causa aparente para los mismos, fueron catalogados como fenómenos imposibles. Hoy, gracias a algunos estudios por satélite y a varios casos relativamente recientes, no cabe duda: en el océano pueden darse olas con más de treinta metros de altura capaces de surgir de la nada, sin causa aparente. A pesar de los muchos modelos matemáticos y de otro tipo que se han propuesto para explicar este tipo de fenómenos, no se ha llegado a averiguar realmente el mecanismo que mueve esos infernales muros de agua.

Las olas gigantes seguían en el limbo entre lo fantástico y lo real, creyendo algunos en ellas, siendo negadas por otros, cuando el Caledonian Star se encontró el 2 de marzo de 2001 con algo increíble. Este navío de cruceros de aventura, actualmente renombrado como National Geographic Endeavour, cuenta con 2.557 toneladas, una longitud de casi 88 metros y seis cubiertas. No es pequeño, ni mucho menos, pero no estaba preparado para lo que se le vino encima. De hecho, no hay navío que se pueda enfrentar alegremente a un monstruo como el que les “atacó”. Aquel día, navegando por el Pasaje de Drake, entre América del sur y la Antártida, un imponente muro en forma de ola de más de treinta metros de altura sorprendió a la nave. Ningún maremoto, tormenta o fenómeno similar pudo ser encontrado para explicar un encuentro así. Simplemente, de la nada, en un mar relativamente calmado, surgió el muro y barrió la nave. Las ventanas saltaron, el puente de mando quedó inutilizado y, de milagro, el navío pudo superar el choque. A la deriva, completamente desarmado, sin electricidad ni aparatos de navegación, el Caledonian Star tuvo que ser asistido por la Armada Argentina hasta llegar a buen puerto. Desde ese día, el mar volvió a ser habitado por monstruos.

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